Artículo COMPLETO: Por qué los jueces y fiscales deberían disparar, al menos, una vez.

Tal y como se expresa en el artículo COMPLETO, la colaboración entre el Fiscal Ignacio Abínzano y el Centro TDPE  ha sido muy satisfactoria, sobre todo para las decenas de policías y plantillas que han asistido a los diversos cursos y ponencias que hemos realizado conjuntamente, y donde se ha mostrado de una forma clara y sencilla la visión de los Tribunales sobre le Uso de la Fuerza.

Queremos agradecer las palabras del Fiscal Ignacio Abínzano estando convencidos de seguiremos realizando proyectos formativos jurídicos para la seguridad jurídica de los profesionales de la seguridad.

ARTICULO COMPLETO:

Por qué jueces y fiscales deberían disparar, al menos una vez

La probática puede definirse como la ciencia de la prueba judicial. Es la parte de la ciencia jurídica que tiene por objeto la demostración de los hechos y afirmaciones vertidas dentro de un proceso judicial, especialmente en la fase del plenario, la más importante de cara a resolver el conflicto planteado. Su práctica requiere la colaboración de los peritos, profesionales de todo tipo, que suplen los conocimientos técnicos de los que jueces y fiscales carecemos.

No obstante, siendo este el principio cardinal, nunca viene mal tratar de adquirir parte de esos conocimientos. No sustituiremos jamás al profesional (médicos, arquitectos, peritos calígrafos, etc.), pero tampoco nos estorbará adquirir ciertos conocimientos prácticos de primera mano. Es decir, que no es mala idea, de vez en cuando, saltar al campo de juego en lugar de ver siempre el partido desde la grada, para comprobar que, puestos en la tesitura del jugador, igual no es tan fácil marcar el gol a puerta vacía como podríamos suponer.

caso 7.3 tdpe1

De entre los muchos ejemplos que podrían encontrarse, vamos a centrarnos en uno que preocupa gravemente a los miembros de los diversos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad que desempeñan su oficio en nuestro país. Tras una intervención policial en que se han empleado armas de fuego (muchas veces con resultado de graves lesiones o incluso la muerte), llegado el día del juicio, el agente policial debe demostrar ante el tribunal el estricto cumplimiento de los requisitos que legitiman la aplicación de las dos principales causas de justificación: la legítima defensa del art. 20.4 y el cumplimiento del deber del art. 20.7º, ambos del Código Penal. ¿Hubo agresión ilegítima? Esto generalmente no ofrece dudas. ¿Existió provocación por el defensor? Tampoco suele ser cuestión de debate, habitualmente. La pregunta clave siempre es ¿fue la respuesta policial PROPORCIONADA? Y también ¿la utilización del arma de fuego respetó las normas de la lex artis, es decir, ese especial conocimiento y control que de la situación de riesgo debe tener el profesional gracias a su formación específica en la materia?

Esa es la clave. La formación del policía y el debido respeto a las exigencias de la lex artis. Si alguien pretende aprender a pilotar, por poner un ejemplo, será mejor que se entrene con un avión de verdad, no solo con simuladores que, por muy reales que sean, solo exponen al aprendiz que se equivoca a recibir un pitido y un inofensivo mensaje de “se ha estrellado Vd. Pulse ESPACIO para empezar”.

Del mismo modo, si el policía se entrena únicamente con dianas inertes y siluetas de papel en una galería de tiro, difícilmente estará preparado para afrontar con éxito una prueba de fuego real. Me viene a la mente una mítica escena de Operación Dragón, icónica cinta de artes marciales dirigida por Robert Clouse en 1973. Se ambienta en una isla oriental en la que su despótico gobernador organiza torneos de artes marciales. Su principal sicario, un robusto karateca de bigote, barba y tez rojizos, que en sus ratos libres se dedica al kárate pero que tiene como principal ocupación la de asesino a sueldo, se enfrenta a un adversario desconocido, de escasa estatura y cuerpecillo menudo. Que aparentemente no tiene ni media leche, como diría el castizo. Pues bien. Antes de iniciar el combate, el fornido sicario lanza una tabla al aire y, antes de que caiga, ejecuta un preciso golpe de kárate que la parte en dos, con lo que está convencido de haber impresionado a su escuálido rival. No lo consigue, porque por azares de la vida y del guion, su adversario no es otro que Bruce Lee. Quien, impertérrito ante la demostración de destreza del sicario, sin apartarle la mirada le advierte, ecuánime: “Una tabla no devuelve el golpe”. Una tabla tal vez no, pero el bueno de Bruce sí, y con tanta contundencia en la respuesta que el pobre sicario acaba el combate en peores condiciones que la sufrida tabla.

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Volviendo al tema principal… ¿No estaremos permitiendo que nuestros policías se confíen igual que el karateka de la película, porque son capaces de acertar seis disparos seguidos en el centro de una estática silueta de papel que, igual que la tabla de Operación Dragón, jamás devolverá el golpe? Y, en lo que atañe a quienes a posteriori tenemos que enjuiciar la labor del policía, ¿no estaremos olvidando que  cuando emplea su arma en una intervención real ha tenido que enfrentarse a una situación completamente nueva, para la que tal vez no esté debidamente entrenado? Lo que nos lleva a otras preguntas: ¿no sería conveniente, necesario incluso, que nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad recibieran una formación práctica real, con simulacros de intervenciones lo más parecidos posible a lo que después van a vivir en la calle? ¿Sabrá un policía responder con proporcionalidad a la agresión de un delincuente si en la respectiva academia solo le han “agredido” siluetas de papel o un instructor que emplea cuchillos de goma?

Probablemente jamás me hubiera formulado estas preguntas si no hubiese tenido la suerte, hace ya más de ocho años, de compartir ponencia en un curso formativo para policías con Emilio Bolea y los demás profesionales del Centro de investigación y formación en el uso de la fuerza TDPE, con quienes después he tenido el privilegio de colaborar en diversas ocasiones. Su visión del problema (y su propuesta para solucionarlo) es bien sencilla, y podría resumirse en la citada sentencia de Bruce Lee: una tabla no devuelve el golpe. Y una silueta de papel no devuelve los disparos. Y un cuchillo de goma no nos puede hacer ningún daño, pues, por más que finjamos que sí, a nuestro cerebro no se le engaña fácilmente. Y un instructor que simula atacarnos pero siempre con escrupuloso respeto a determinas normas no nos enseña a defendernos de un delincuente que puede hacernos (y si le dejamos nos hará) de todo. Absolutamente de todo.

Por eso la filosofía de TDPE consiste en acercar la formación policial a la realidad. Lo máximo posible. Nada de siluetas estáticas, ni de cuchillos de goma, ni de instructores que simulan agresiones francamente inofensivas. Y como complemento, la formación jurídica, pues vivimos en un Estado de Derecho y el policía es habitualmente su primer aplicador.

Proceso judicial tdpe

Y si resulta importante que el policía cuente con nociones jurídicas, también lo es que jueces y fiscales contemos con, por así decirlo, “nociones policiales”. Hace unos meses acepté la invitación de un policía, del Cuerpo de Mossos d´Esquadra concretamente, para acudir a una galería de tiro y, con las debidas medidas de seguridad, hacer la prueba de disparar con un arma reglamentaria. Era la primera vez que sostenía en mis manos un pistola real, y, obviamente, también fue la primera que disparé munición auténtica. Desde ahora recomiendo vivamente esta experiencia a cualquier profesional del derecho encargado en enjuiciar la conducta de los que por razón de su oficio deben emplear armas de fuego. En primer lugar, el tacto. El simple contacto físico con ese instrumento, ya municionado, que tiene la capacidad de segar la vida en un segundo y que está en condiciones de hacerlo por tener un cargador lleno, produce respeto a cualquiera que no sea un inconsciente. Tratando de seguir punto por punto las precisas instrucciones que me había dado el instructor, alcé el arma, apunté a la diana (no estaría a más de diez metros) y apreté el gatillo. Para sorpresa de todos, di justo en el centro. Y los restantes disparos, algo más desviados, quedaron no obstante agrupados en los círculos interiores. Magistral. La reencarnación de Mel Gibson en Arma letal. Fue la única vez que logré agujerear la diana.

Porque a continuación, y esto es lo que quiero destacar, el instructor de tiro, con la cara del experto jugador de billar que se ha dejado ganar hasta conseguir que el novato muerda el anzuelo y suba imprudentemente la apuesta, me propuso: ahora vamos a probar otra cosa. Cuando yo toque el silbato, que puede ser dentro de diez segundos o de diez minutos, Vd. debe disparar todos los cartuchos… a la mayor velocidad posible. Si tarda más de cinco segundos en vaciar el cargador, no habrá superado la prueba, aunque haga diez dianas. ¿Me estaba vacilando? ¿A mí, que después de mis primeras dianas me sentía capaz de emular a Clint Eastwood en el duelo final a tres bandas de El bueno, el feo y el malo? “Silbe cuando quiera”, contesté desafiante. Silbó (tras tomarse su tiempo, para tratar de pillarme desprevenido –que es lo que por otra parte sucede en la vida real del policía–), disparé (creo que bastante rápido) y no es que no diera en la diana, que desde luego ni la rocé; es que todos los impactos se habían quedado a más de medio metro del objetivo. ¡Medio metro! Y eso los más precisos. En una diana que estaba a menos de diez metros y que, de todas maneras, jamás iba a responder a los disparos. Ahora apliquemos el factor de corrección de encontrarnos en una situación real, en la calle, en la que el policía se juega su propia vida y la de los demás, vidas que puede poner en peligro tanto si dispara como si no lo hace, porque el individuo al que hay que reducir tiene un cuchillo o incluso otra pistola, y sus intenciones resultan totalmente imprevisibles.

Ahí está la raíz del problema. No basta con entrenarse para manejar el arma y ser capaz de hacer diez dianas en diez disparos en la galería de tiro, frente a una sufrida silueta que encaja los disparos con humildad franciscana. El entrenamiento debe perseguir (si acaso es posible) que el policía sea capaz de mantener la cabeza fría y emplear su arma sin dejarse superar por la situación, ciertamente más desagradable y estresante que la de los entrenamientos. Pero, sobre todo, y esto nos atañe a jueces y fiscales, a la hora de enjuiciar la conducta del policía que disparó en una situación de estrés y riesgo para la vida propia y ajena, en la que no disparar podría tener consecuencias incluso peores, nunca debemos olvidar que tal vez no recibió el entrenamiento adecuado (no por su culpa, desde luego) y por ello no se le puede achacar incumplimiento de una lex artis que nunca le fue debidamente enseñada.

Y para poder valorarlo mejor, compañeros de la Carrera Fiscal y Judicial, aceptadme un consejo basado en la propia experiencia: no os quedéis en la grada. Bajad a tirar el penalti al menos una vez. Probad a sostener un arma y a disparar diez cartuchos en menos de cinco segundos, ante el toque de silbato sorpresivo de un instructor con ganas de fastidiar. Después ya hablaremos de los requisitos del art. 20.4º y 7º del Código Penal.

Ignacio Abínzano Murillo

Fiscal de la Fiscalía de Área de Sabadell

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